Con sus alas transparentes y su cuerpecito largo y rojo, después de haber pasado la mañana buscando para comer: mosquitos, larvas y otros bichitos entre las plantas del río, Libélula estaba cansada y decidió posarse un ratito sobre una roca en medio de la corriente.
Vió una piedra muy bonita aunque algo rara, era negra, pulida y redondeada con un hoyito en cada lado. Al pararse en ella sintió en sus patitas que la piedra no estaba fría sino que era más bien tibia. Llevaba sobre la piedra solo un momento cuando una ráfaga de viento la sopló y casi la tiró en las aguas. Asustada iba a emprender el vuelo cuando oyó una voz ronca y profunda que le hablaba suplicante:
-No linda, por favor no te vayas que no te voy a hacer nada malo, quédate un ratito más-
Libélula se detuvo y se dio vuelta para ver que lo que creyó que era una piedra tenía dos ojos más arriba que se medio cerraban al verla y descubrió que la “piedra” era en realidad la nariz de un gran animal.
-¡Ah si, si yo ya te conozco! Tu eres el búfalo de agua ¿Por qué andas siempre solo?- preguntó Libélula muy intrigada.
-No sé, nadie se me acerca, parece como que si me tuvieran miedo, talvez porque soy muy grande.-
-No, no es porque seas muy grande, es por la que miras a todos, así medio cerrando los ojos y parece una mirada amenazante, inspirando miedo a todos los animales- Le explicó Libélula muy hacendosa.
-La razón por la que tengo ver así es porque yo no veo bien y todo lo veo nublado. Si cierro un poquito los ojos, aunque todo lo veo más claro, no deja de verse turbio. Pero yo no le hago mal a nadie, vivo solo y sin amigos, por eso es que ando siempre solitariamente solo pensando y pensando.-
Libélula se quedó callada por un momento y luego dijo muy excitada:
-¡Tengo una gran idea!- y se preparó para echar vuelo.
-¡No vueles, no vueles, quédate otros instantes!- dijo el búfalo de agua rogando..
-No tengas pena, mi gran amigo, hay algo que debo de hacer pero regresaré mañana. Te lo prometo.
Luego le dio un besito en la punta de la nariz y el búfalo de agua se sonrojó un poquito.
A la hora de almuerzo del siguiente día, Libélula llegó volando a donde el búfalo de agua la esperaba y le dijo muy alegremente:
-Te tengo una gran sorpresa, te traemos un regalo. El búho nos dio las instrucciones, mis hermanos me dieron las alas transparentes que les sobraban, las abejas un poquito de cera clara, el pavo real nos dio dos de sus plumas más largas y entre el tejón y el monito armaron lo que te traemos.
Hizo una señal a la garza, que caminando entre el río, les dio lo que llevaba en el pico a dos rojos cardenales que cuidadosamente lo tomaon uno de cada lado y volando despacito se lo colocaron sobre la nariz al búfalo de agua y luego se lo trabaron atrás de las largas orejas.
-¿Qué es esto qu me están poniendo?-preguntó muy sorprendido el búfalo de agua.
-Un par de gafas que te hemos hecho, anteojos para que veas mejor ¿No notas la diferencia?
-¡Sí, sí!- gritó el búfalo de agua muy contento. -¡Mira la garza, que bonita! Ya no es solo una mancha blanca y lo que creía que era el tonco de un árbol caido al lado del río es un caimán que me sonríe. ¡Y la rana! Yo pensaba que era una hoja soplada por el viento. ¡Ay mi amiguita, que buena que eres!
Mira que bonito el río, las flores y hasta las piedras ¡El bosque es un encanto!-
-No creas que sólo te lo traigo yo. Te lo traemos todos porque queremos ser tus amigos y no importa que seas grande o chico, o que seamos blancos o negros, amarillos o rojos, gordos o flacos, altos o bajitos. Conejos, culebras, mariposas o lagartos, todos somos creación de Dios, como todos somos sus hijos pues...todos somos hermanos, sin tener miedo ni pelear, siempre trabajando juntos.
Los pajaros aletearon, las liebres movieron las orejas, las palomas dijeron “cuuu-cuuu” mientras la urraca, el cuervo y el ganso grasnaron haciendo un coro.
Al ver tanta alegría, el búfalo de agua sonrió enseñando sus grandes dientes y sus anteojos, todos los animales se rieron y rieron ¡Se miraba tan chistoso!
Desde ese feliz día, Libélula se pasea parada en su lugar favorito: sobre la punta de la nariz de su amigo, pajaritos en su lomo, conejos y gacelas a su lado. El búfalo de agua mira para todas partes y camina muy contento con sus elegantes gafas y su amiguita parada sobre su nariz.
Y los animales del bosque viven como viven los niños: juntos y grandes amigos.
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El gato blanquinegro (Julián Andrés Montoya Reyes)
Alguien me dijo recientemente que se ha escrito todo sobre los gatos. Cómo se alimentan, cómo tratarlos, cómo duermen, y cómo viven. Pero realmente se equivoca, y ¡aún no sabe que tanto!
Amigos míos hoy compartiré con ustedes un secreto, que espero sepan guardar, se los diré al oído y bien bajito, para que nadie nos oiga. Esta es la historia de un gato, no de muchos, solo de uno, de color blanco y negro. Flaco como no tienen idea, pero siempre con una mirada misteriosa y una sonrisa picarona.
Hace muchos años cuando era tan joven como ustedes, y no ahora que soy un anciano repleto de historias por contar. Sucedió mi primer encuentro con el gato más especial que he conocido.
En aquella época empezaron a desaparecer algunas cosas de la cocina, y eventualmente me culparon, cría fama y échate a dormir. En vista de lo anterior quería recuperar mi buen nombre, por ello decidí hacer guardia durante algunas noches, tomando las precauciones necesarias. No fuera que me encontrara con uno de esos animales rastreros, con colas largas que asustan a los niños. ¡Saben esos animales me asustan mucho!, son de aquellos de orejas pequeñas, dientes afilados, y afán de producirnos miedo. Pero no era ninguno de esos.
De una pequeña abertura en la ventana tan pequeña, que tan solo cabía mi dedo pulgar, se deslizó lo que parecía una víbora, de esas que le gusta cazar en las noches, y se comen los sueños de los adultos, aunque hay otras que se alimentan de las pesadillas y las remplazan con sueños rosados y azules como el algodón de azúcar.
En la tenue luz que ofrecía la luna poco a poco veía partes de una silueta: orejas puntiagudas, una cola muy larga. ¡No, será acaso uno de los animales rastreros!, ¿que hago?, no puedo gritar porque lo alertaría, no puedo correr porque me alcanzaría. Solo me queda estar quietecito, respirar poco y ocultarme en la oscuridad esperando que no me descubriera. Mi mamá me dijo en una ocasión que aquellos animales se podían vencer si no se les demostraba miedo. Todo estaba en silencio y de pronto se escuchó un corto y dulce Hola. Por poco salgo gritando de la cocina, pero la curiosidad me ganó. Mi mamá nunca me dijo que esos animales hablaran.
-Atrás bicho- repliqué sin saber realmente a quién me dirigía.
-Qué niño tan descortés, que no te ha dicho tu madre cómo contestar un saludo.
Cuál sería mi sorpresa al ver que era un gato quien me hablaba, no pude evitar sentirme avergonzado por sus palabras.
Contesté –hola, mil disculpas, ¿qué eres tú?-
-Niño, no resulta claro, soy un gato: tengo bigotes largos, camino en cuatro patas, mis orejas son puntiagudas y además tengo cola. Debo ser un gato ¿No tendrás algo de comer por ahí?
Aún sorprendido por todo lo que estaba pasando, acaté a responder –tengo solo leche-. Y pregunté -¿Desde cuando los gatos hablan?-
-Todos los gatos hablamos solo hablamos un idioma diferente- una sonrisa se dibujó en su peluda cara. -Un olor muy agradable me atrajo hasta acá, pero no era precisamente el de la leche.
Entonces se levantó en dos patas y empezó al olfatear: Huelo algo, huelo algo, huelo algo ¡huelo atún!
Pensé en ese momento que se refería a una lata guardada desde hace ya mucho tiempo, y olvidada por mi mamá. -Supongo que puedo darte esta vieja lata de atún, tengo que advertirte que lleva mucho tiempo guardada.-
-No importa-, y mágicamente el gato la abrió y devoró su contenido en segundos -¡qué atún tan delicioso!, qué buen anfitrión eres niño, ¿cómo te llamas? Ah, no importa, te recordaré por el olor.
,Oye gato si soy buen anfitrión tú eres un mal invitado. Mi nombre es Juan, gusto en conocerte, ¿cómo debo llamarte? A, no importa, cómo no reconocer a un gato pulgoso como tú.
Lo merezco, oye niño...digo Juan a cada momento me agradas más. No tengo nombre, pero soy un gato diplomático del país de los gatos, y por eso puedo hablar el idioma de los humanos. Pues mi obligación es establecer buenas relaciones con ustedes. De vez en cuando vendré a verte y te contaré algunas de mis aventuras en el país de los perros. Te aseguro que te gustarán.
-Que así sea amigo gato, ese es un trato. Cuando pueda te invitaré un poco de atún.
Y así inició una gran amistad con un gato blanquinegro diplomático de los gatos. Amigos míos si acaso le ven díganle que Juan lo espera para escuchar sus historias y brindarle un poco de atún.
Amigos míos hoy compartiré con ustedes un secreto, que espero sepan guardar, se los diré al oído y bien bajito, para que nadie nos oiga. Esta es la historia de un gato, no de muchos, solo de uno, de color blanco y negro. Flaco como no tienen idea, pero siempre con una mirada misteriosa y una sonrisa picarona.
Hace muchos años cuando era tan joven como ustedes, y no ahora que soy un anciano repleto de historias por contar. Sucedió mi primer encuentro con el gato más especial que he conocido.
En aquella época empezaron a desaparecer algunas cosas de la cocina, y eventualmente me culparon, cría fama y échate a dormir. En vista de lo anterior quería recuperar mi buen nombre, por ello decidí hacer guardia durante algunas noches, tomando las precauciones necesarias. No fuera que me encontrara con uno de esos animales rastreros, con colas largas que asustan a los niños. ¡Saben esos animales me asustan mucho!, son de aquellos de orejas pequeñas, dientes afilados, y afán de producirnos miedo. Pero no era ninguno de esos.
De una pequeña abertura en la ventana tan pequeña, que tan solo cabía mi dedo pulgar, se deslizó lo que parecía una víbora, de esas que le gusta cazar en las noches, y se comen los sueños de los adultos, aunque hay otras que se alimentan de las pesadillas y las remplazan con sueños rosados y azules como el algodón de azúcar.
En la tenue luz que ofrecía la luna poco a poco veía partes de una silueta: orejas puntiagudas, una cola muy larga. ¡No, será acaso uno de los animales rastreros!, ¿que hago?, no puedo gritar porque lo alertaría, no puedo correr porque me alcanzaría. Solo me queda estar quietecito, respirar poco y ocultarme en la oscuridad esperando que no me descubriera. Mi mamá me dijo en una ocasión que aquellos animales se podían vencer si no se les demostraba miedo. Todo estaba en silencio y de pronto se escuchó un corto y dulce Hola. Por poco salgo gritando de la cocina, pero la curiosidad me ganó. Mi mamá nunca me dijo que esos animales hablaran.
-Atrás bicho- repliqué sin saber realmente a quién me dirigía.
-Qué niño tan descortés, que no te ha dicho tu madre cómo contestar un saludo.
Cuál sería mi sorpresa al ver que era un gato quien me hablaba, no pude evitar sentirme avergonzado por sus palabras.
Contesté –hola, mil disculpas, ¿qué eres tú?-
-Niño, no resulta claro, soy un gato: tengo bigotes largos, camino en cuatro patas, mis orejas son puntiagudas y además tengo cola. Debo ser un gato ¿No tendrás algo de comer por ahí?
Aún sorprendido por todo lo que estaba pasando, acaté a responder –tengo solo leche-. Y pregunté -¿Desde cuando los gatos hablan?-
-Todos los gatos hablamos solo hablamos un idioma diferente- una sonrisa se dibujó en su peluda cara. -Un olor muy agradable me atrajo hasta acá, pero no era precisamente el de la leche.
Entonces se levantó en dos patas y empezó al olfatear: Huelo algo, huelo algo, huelo algo ¡huelo atún!
Pensé en ese momento que se refería a una lata guardada desde hace ya mucho tiempo, y olvidada por mi mamá. -Supongo que puedo darte esta vieja lata de atún, tengo que advertirte que lleva mucho tiempo guardada.-
-No importa-, y mágicamente el gato la abrió y devoró su contenido en segundos -¡qué atún tan delicioso!, qué buen anfitrión eres niño, ¿cómo te llamas? Ah, no importa, te recordaré por el olor.
,Oye gato si soy buen anfitrión tú eres un mal invitado. Mi nombre es Juan, gusto en conocerte, ¿cómo debo llamarte? A, no importa, cómo no reconocer a un gato pulgoso como tú.
Lo merezco, oye niño...digo Juan a cada momento me agradas más. No tengo nombre, pero soy un gato diplomático del país de los gatos, y por eso puedo hablar el idioma de los humanos. Pues mi obligación es establecer buenas relaciones con ustedes. De vez en cuando vendré a verte y te contaré algunas de mis aventuras en el país de los perros. Te aseguro que te gustarán.
-Que así sea amigo gato, ese es un trato. Cuando pueda te invitaré un poco de atún.
Y así inició una gran amistad con un gato blanquinegro diplomático de los gatos. Amigos míos si acaso le ven díganle que Juan lo espera para escuchar sus historias y brindarle un poco de atún.
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